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Lucía Molina, afroargentina y defensora de la historia de sus ancestros


Desde hace 30 años milita por el reconocimiento de la comunidad afrodescendiente que fue esclavizada, y brinda charlas para revertir los prejuicios de una sociedad que negó a las personas de tez oscura a lo largo de su historia.


Lucía Dominga Molina Sandez tiene 70 años y una larga historia de lucha por la reivindicación de la historia de sus ancestros. Vive en la ciudad de Santa Fe, Argentina, muy cerca de sus tres hijos y seis nietos. Desde hace décadas milita por la reivindicación de los derechos de los afrodescendientes. En ese rol, representó a los afroargentinos en el país y en el exterior: participó de la 3° Conferencia Internacional contra el Racismo que se realizó en Durban, Sudáfrica en 2001. Además, brinda charlas en escuelas, universidades y otras organizaciones con el objetivo de generar conciencia sobre la historia de su comunidad. Y se define a sí misma como “autodidacta en la defensa de los derechos de los afrodescendientes” y aclara que “así se identifica a quienes descienden de las personas que fueron esclavizadas. No se dice que son negros. Ese es un color, que no tiene un valor jurídico”.

“A mis 70 años pasé muchas cosas por el solo hecho de tener tez oscura… Siempre me sentí negra. Al principio, de chica, una se siente como avergonzada, pero cuando se conoce la propia historia, todo eso queda atrás”.

“Tenemos una educación en la que les negres están borrados de la historia. De hecho, en la historia argentina, la única referencia que suele haber es la del 25 de mayo, donde salen los chiquitos pintados, vendiendo empanadas y hablando mal… Como si ésa fuera nuestra historia. Sin embargo, hay una riqueza que vamos descubriendo”.

Afrodescendientes, así se identifica a quienes descienden de las personas que fueron esclavizadas. No se dice que son negros. Ese es un color, que no tiene un valor jurídico.

Lucía cuenta que le tocó vivir la discriminación de cerca por distintos motivos, más allá de su raza. “Ser mujer, negra, de condición socio económica de medio para abajo, viviendo en lugares empobrecidos, además de ser distinta, todo eso genera muchos prejuicios en la sociedad”.

Sin embargo, más allá de las situaciones dolorosas, Lucía dice con orgullo que también “tuve la suerte de encontrar gente que me ayudó. Terminé trabajando en un lugar como jefa administrativa, y aunque no pude ir a la universidad por una cuestión de baja autoestima, pude hacer una Diplomatura en Género”.

Cuando analiza cómo la discriminación acompañó a lo largo de los siglos a sus hermanos africanos, Lucía exhorta a tomar y generar conciencia sobre el hecho de que “Somos seres iguales a los demás, pero diferentes. Si no nos conocemos, no nos reconoceremos. Los afrodescendientes tenemos que conocer nuestra historia y nuestra pertenencia, y asumirla. Cuando aprendamos a reconocernos como descendientes de africanos esclavizados, tendremos pertenencia. La naturalización se hizo a través de la educación y de la negación de todos nosotros. Nos enseñaron a discriminar, naturalizando el rechazo”.

“Durante siglos nuestros ancestros fueron cosificados. Las consecuencias de eso son terribles, influyen en la autoestima de las personas, y una llega a no querer ser quien sos…” reflexiona Lucía. Aunque es enfática cuando aclara: “¡No soy una víctima, eh! Estoy orgullosa de lo que soy, de mi color, de mi aspecto… Tuve un regio compañero, tengo tres hijos y seis nietos”. Y se le nota el orgullo y el agradecimiento en la sonrisa.


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