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Palabras sobre la oración

David Steindl-Rast
Desde las oraciones vocales más sencillas hasta la meditación, el fin de la plegaria es hacernos participar en la misma vida divina.


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El primer recuerdo que tengo sobre la oración vocal es la imagen de mi abuela, rosario en mano, descansando en su cama luego del almuerzo, deslizando las cuentas entre sus dedos mientras movía los labios en silencio. Cuando me acuerdo de lo grande que me parecía su cama desde mi perspectiva, me doy cuenta de que al momento de captar esa imagen debo haber sido bien pequeño. Sin embargo, cuando le pedí que me enseñara ese misterioso juego, ella lo hizo. Las historias detrás de los quince misterios tal como me los contó mi abuela se grabaron en mi mente y crecieron en mi corazón. Como semillas que echan raíces en tierra buena, esas historias continuaron creciendo, y hasta el día de hoy, como un campo de fresas maduro, siguen dando sus frutos.

Unos treinta años más tarde, y estando en otro continente, mi abuela estaba nuevamente en su cama y yo de rodillas junto a ella; esta vez estaba agonizando. Mi madre también se arrodilló junto al lecho de muerte de su madre, y juntos recitamos del breviario en inglés las oraciones por los moribundos. Mi abuela estaba en coma, pero parecía inquieta. Levantaba la mano izquierda un poco y la dejaba caer sobre la cama, una y otra vez, lo que hacía tintinear el rosario de plata colgando de su muñeca. Entonces nos dimos cuenta. Dejamos de leer los salmos y comenzamos los misterios dolorosos del Rosario. Al oír estas oraciones que le eran tan familiares, mi abuela se relajó, y cuando llegamos al misterio de la muerte de Cristo en la cruz, con mucha paz devolvió su aliento de vida a Dios.

 La oración no es una especie de celestial llamada de larga distancia, sino el don de crecer en nuestra plenitud de vida, participando de la misma vida de Dios.
Otro recuerdo de mi infancia está relacionado con la oración del Ángelus. En toda mi Austria nativa, un coro de campanadas tocando el Ángelus se eleva desde cada campanario al amanecer, al mediodía, y una vez más al atardecer. Un día en mi escuela, cuando yo cursaba primer grado, me encontraba junto a una ventana en la planta superior mirando hacia lo que podríamos llamar “el campus”; nuestra escuela era grande y hermosa, y había sido construida por los Hermanos Cristianos. Era mediodía. Las clases habían terminado, y niños y maestros salían al patio y a los pasillos. Desde tan alto, la vista me pareció un hormiguero en un día caluroso de verano. En ese momento sonó la campana del Ángelus desde la iglesia, con lo que todos esos pies movedizos allí abajo se detuvieron. “El ángel del Señor anunció a María ….” Se nos había enseñado a recitar esta oración en silencio. El sonido de las campanas comenzó a disminuir, e inmediatamente después de la última campanada, el hormiguero comenzó a efervescer nuevamente.

Hasta el día de hoy, después de tantos años, aún guardo ese momento de silencio al mediodía. Con campanas o sin ellas, rezo el Ángelus. Dejo caer el silencio a mitad de mi día como una piedra que cae en el agua, y que forma ondas sobre su superficie en círculos cada vez más amplios. Eso es el Ángelus para mí: el ahora de la eternidad ondulando a través del tiempo.

Me gustaría contar otra historia, el recuerdo de mi primer encuentro con la Oración de Jesús u Oración del Corazón, como también se le llama. Para entonces, yo había crecido pero todavía era un niño, tenía unos doce años. Estaba sentado con mi madre en la sala de espera del médico, apoyando mi mano derecha primero en una rodilla, luego en la otra, luego en el apoyabrazos de la silla, y luego en el marco de una ventana desde la cual podía ver sólo un cerco alto y algunas telarañas. Mi mano estaba vendada, y había venido a pedirle al médico que cambiara los vendajes. Después de haber observado durante algún tiempo un tarro lleno de sanguijuelas vivas, que en esa época los médicos de mi país utilizaban para el desangrado, no había nada más en la habitación que pudiera mantenerme entretenido, con lo que me ponía cada vez más inquieto.

Entonces mi madre me dijo algo que me sorprendió: “Los rusos conocen el secreto para no aburrirse nunca.” Los Juegos Olímpicos fueron mi única asociación con los rusos, pero si había un método secreto para superar el aburrimiento, tenía que aprenderlo lo antes posible. Sólo años más tarde, cuando me encontré con El peregrino ruso, comprendí la misteriosa referencia de mi madre, ya que aquel libro era una traducción del ruso. Este libro me enseñó en forma extensa el secreto para no aburrirse, pero mi madre se las había ingeniado para resumirlo de forma que tuviera sentido para un niño de doce años: “Solo hay que repetir el nombre de Jesús una y otra vez con cada respiración. Eso es todo. El nombre de Jesús te recordará tantas buenas historias, que nunca tendrás tiempo para aburrirte”. Lo he probado y realmente funciona.

La oración mental es el humus rico y negro del que debe nutrirse la oración vocal.
El aburrimiento, como pude comprobar después, no sería un problema en mi vida; todo lo contrario. De hecho más tarde, cuando la oración de Jesús se convirtió en mi forma constante de oración, llegué a pensar que ella es más bien como un ancla que me mantiene conectado a tierra cuando mi vida es cualquier cosa menos aburrida. Para tomar prestada una frase del Misal Romano, la oración de Jesús mantiene mi corazón “anclado en la alegría duradera”.

Después de leer El peregrino ruso me hice un anillo con cuentas de madera que muevo una a la vez mientras repito la Oración de Jesús. Este movimiento de mis dedos se ha vuelto tan ligado a esa oración, que puedo mantenerla con la ayuda de mi anillo con cuentas, incluso mientras estoy leyendo o hablando con alguien. Esta oración constante es como una música de fondo: no está presente en el primer plano de mi conciencia, y sin embargo sé que esa oración es escuchada en todo momento.

El texto que he llegado a encontrar más útil es: “¡Señor Jesús, misericordia!” El peregrino ruso utiliza una forma más larga; yo he probado con varias versiones, pero ésta es la que más me resulta.

Muchas veces esta oración es una expresión de mi agradecimiento: cuando me enfrento a una situación determinada y comienzo a analizarla, llego a verla como una faceta más del mayor de los regalos de Dios, el cual se resume en el nombre de Jesús. Entonces, suspirando, digo la segunda mitad de aquella oración, que dice así: “¡Oh, con cuánta misericordia me bendices a cada momento!” Por supuesto que a veces “¡Misericordia!” puede ser también un pedido de auxilio, por ejemplo cuando estoy muerto de cansancio y tengo que cumplir con un compromiso, o cuando leo acerca de la destrucción de las selvas tropicales, o acerca de los miles de niños que mueren de hambre cada día en este planeta de la abundancia. “¡Misericordia!”, suspiro, “¡Misericordia!”

La Oración de Jesús ha llegado a estar tan conectada con mi respiración, que fluye espontáneamente la mayor parte del tiempo. A veces, mientras me estoy quedando dormido, la oración continúa hasta que se funde con la respiración profunda del sueño.

El Rosario, el Ángelus, la Oración de Jesús: éstas son algunas de las oraciones vocales que encuentro más provechosas. Sin embargo ellas no son las únicas, sino simplemente las que me resultan más fáciles de describir. ¿Cómo podría yo describir lo que el rezo de las horas monásticas significa para mí? El pequeño libro que escribí acerca de ellas, La música del silencio, trata de mostrar cómo no sólo los monjes, sino cualquier persona en cualquier forma de vida puede orar en esos momentos del día en el que el tiempo mismo parece rezar. El Padrenuestro y el Credo me parecen también inagotables; podría escribir un libro entero sobre cada uno de ellos.

Sin embargo, aquí estamos todavía en el campo de la oración vocal, y la oración vocal es como un baldecito con el que un niño saca agua, una y otra vez, del océano de la oración.

La oración mental es el humus rico y negro del que debe nutrirse la oración vocal. No podemos separar ambos tipos de oración; sin embargo, debemos distinguirlos por un momento y enfocarnos en la oración como una actitud interior más que una formalidad exterior. Al abordar la oración de este modo, me muevo dentro de tres actitudes tan diferentes entre sí, que las concibo como tres “mundos de oración” completamente diferentes entre sí.

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A la clave para el primero de esos mundos interiores la llamo Palabra. Con esto no quiero decir literalmente palabra o palabras, sino me refiero a que cualquier cosa, cualquier persona, cualquier situación es una Palabra que Dios me dirige. No siempre comprendo el mensaje, pero sé que puedo lograrlo si estoy atento con los oídos de mi corazón. San Benito llama “obediencia” a esta escucha atenta. A menudo pensamos en la obediencia como el cumplimiento de una orden, lo cual haría de Dios una especie de sargento. Mi experiencia me dice que la mayoría de las veces Dios no nos manda, sino que más bien nos canta; y yo trato de responder a su canto.

El canto al que me refiero puede ser tan alegre como el rojo de los tomates que Dios ha creado, o tan alto como el vuelo de una cometa o como el chapoteo de los niños en una piscina, a lo cual mi corazón responde alegremente. Pero el canto de Dios puede también ser tan grave como la fragancia de lirios en una funeraria, o como la noticia de la pérdida de un amigo; o puede ser ligero como la música de fondo en una excursión de primavera, o triste como el sonido de un tren en la noche o como el noticiero de la tarde. El canto de Dios puede ser alegre, encantador, desafiante, divertido. En todo lo que experimentamos día a día podemos oír cantar a Dios, si escuchamos con atención.

Nuestro corazón es un receptor de alta sensibilidad, y puede escuchar a través de todos nuestros sentidos. No sólo lo que oímos, sino también todo lo que vemos, gustamos, tocamos y olemos vibra profundamente con el canto de Dios. Vibrar con este canto de Dios en agradecimiento es lo que quiero decir con responder con un canto. Esta actitud de oración le proporciona una gran alegría a todos mis sentidos y a mi corazón.

Un mundo interior de oración completamente diferente y con el que también me siento cómodo es la oración a la cual el silencio le abre la puerta. Hablo del silencio no sólo como es percibido por los oídos, sino también como una tranquilidad del corazón, como una lúcida quietud interior, como la quietud de un día de invierno sin viento, brillante con la luz del sol sobre la nieve virgen; el tipo de día que recuerdo de mi infancia en los Alpes austríacos. O es como el silencio entre el relámpago y el trueno que le sigue, momento en el que uno contiene la respiración. Estando una vez en una isla de Maine me encontré con unas piletas que las olas formaban sobre la playa de granito, con un agua tan quieta y transparente, que me permitía ver hasta los delgados tentáculos de las medusas que estaban en el fondo, ondeando como banderines. Aún más límpido es el espacio interior cuya clave es el silencio. No siempre logro encontrar este silencio, pero cuando lo encuentro, simplemente entro en él. El sólo hecho de estar allí es oración.

La clave para el tercer mundo de oración es la acción, una acción movida por el amor. Ciertamente que hay una enorme diferencia entre esta oración de la acción y la oración del silencio o de la palabra. Aquí no de escuchar y responder ni tampoco de sumergirse en el silencio, sino que la comunicación con Dios se da actuando. Cualquier cosa que hagamos con amor puede quedar comprendida en esta oración de acción.

Tampoco es necesario que explícitamente esté pensando en Dios mientras estoy trabajando; incluso a veces sería imposible. Si mi trabajo es revisar un manuscrito, debo mantener mi mente en el texto, no en Dios. Si tengo la mente dividida entre los dos, los errores ortográficos se deslizarán inevitablemente, como peces a través de una red rota. Dios estará presente precisamente en la atención amorosa que le doy a la labor que se me ha encomendado. Al entregarme completamente y con amor a este trabajo, me estoy entregando totalmente a Dios. Esto se da no sólo en el trabajo sino también en la diversión, por ejemplo, en la observación de aves o en el ver una buena película. Dios seguramente disfruta de estas acciones en mí, así como yo las disfruto en Dios. ¿Acaso no es esta comunión la esencia de la oración? Uno de los regalos que he recibido en mi vida y por el que estoy muy agradecido es la forma en que me enseñaron acerca de la Santísima Trinidad. Hay quienes me han contado que cuando les hablaron de la Trinidad, les dijeron que como es un misterio que nunca lograremos comprender, lo mejor es ni siquiera molestarse en pensar en él. Por el contrario, cuando me lo presentaron a mí, siempre fue en un tono que me invitaba a explorar este misterio; exploración que duraría no sólo en esta vida sino que se perpetuaría en la eternidad, más allá del tiempo. Mi vida de oración ha consistido precisamente en esta exploración, y aún hoy lo sigue siendo. De hecho, estando en mis setenta años, siento que apenas he empezado.

Mi meta más elevada en la oración es entrar en esa gran danza a través de todo lo que hago, lo que pienso, lo que sufro o lo que digo.
Desde que tengo memoria, he aprendido a pensar de Dios como un ser cercano más que lejano. Debo de haber tenido cuatro o cinco años cuando en una ocasión vine corriendo del jardín a la cocina, casi sin aliento, diciéndoles a todos que acababa de ver al Espíritu Santo escribiendo palabras en el cielo. El “milagro” resultó ser un anuncio de jabón en polvo escrito por un planeador, y que iba tan alto en el cielo, que se veía igual a la paloma del fresco de la Santísima Trinidad pintado en la bóveda de la iglesia del pueblo. En esa misma época, poco antes de Navidad, en que los niños austríacos no esperan que Papá Noel les traiga regalos sino el mismo Niño Jesús, encontré un pequeño hilo de lamé dorado en la alfombra, y nada pudo convencerme de que no se trataba de un cabello del Niño Jesús. El escalofrío de asombro que sentí y la emoción de la ternura todavía viven en mi memoria.

Estos malentendidos infantiles fueron sin embargo genuinas experiencias religiosas. Lo esencial de esas experiencias aún perdura: un sentido de la cercanía de Dios. No sólo permanecen, sino que continúan creciendo y echando raíces profundas. Hablar de “proximidad” de Dios es usar una palabra demasiado débil. Un sermón de nuestro capellán estudiante, el padre Diego, dominico, me hizo comprender, casi extasiado, que podemos conocer a Dios como Trino precisamente porque somos atraídos a participar en la danza eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Para los estudiantes de Viena no es frívolo hablar de Dios como alguien que baila. El baile es algo serio; no con la seriedad de la muerte, sino con la seriedad de la vida. Más adelante me enteré de que un himno Shaker le canta a Cristo como el “Señor de la Danza”.

También me enteré de que San Gregorio de Nisa, allá por el siglo IV, había hablado del Círculo de la Danza de la Santísima Trinidad: el Hijo eterno viene del Padre y nos lleva junto con toda la creación en el Espíritu Santo de regreso al Padre.

Podemos hablar también de esta Gran Danza en términos de la Palabra, el Silencio y la Acción: El Verbo, la Palabra de Dios, brota del Silencio insondable del Padre, y vuelve a Él cargado de la cosecha de buenas obras inspiradas por el Espíritu. Esta perspectiva trinitaria me ayuda a comprender en formas siempre nuevas esa “comunicación con Dios” a la que llamamos oración; no entendida como una especie de celestial llamada de larga distancia, sino como el don de crecer en nuestra plenitud de vida, participando de la misma vida de Dios.

Aquí vuelvo una vez más a la oración vocal, a la doxología que tradicionalmente concluye las oraciones que comienzan “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En la doxología final, también, se suele conectar a Padre-Hijo-Espíritu mediante la conjunción “y”. Sin embargo, yo prefiero una versión más antigua. Es una versión más dinámica, que sugiere nuestra entrada en la vida de Dios al orar al Padre (que es también Madre y Fuente de todos), por medio del Hijo (gracias a quien tenemos comunión con Dios), en el Espíritu Santo (esa fuerza que viene de Dios, que es Dios y que lleva todas las cosas a su Fuente en una gran danza).

Mi meta más elevada en la oración es entrar en esa gran danza a través de todo lo que hago, lo que pienso, lo que sufro o lo que digo. Este “fin-sin-fin” es lo que anhelo cada vez que rezo “Gloria al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”.

Hermano David Steindl-Rast, O.S.B.

  • responder Milvia Bozzo ,

    Bellas y llenas de beatiud!!las palabras del Hno David son claras ,amorosas ,plenas del Dios Vivo.Gracias infinitas

    • responder ines Campos ,

      Cuanto bien me ha hecho leer esta reflexión sobre la oración.
      Le encuentro una nueva forma de rezar la misma de siempre, pero con mas corazón.

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