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Religión y religiones

David Steindl-Rast

¿Cómo se llegó de la religiosidad o espiritualidad humana que todos tenemos en común, a las diferentes religiones? ¿Podemos descubrir, bajo las aparentes diferencias, una misma espiritualidad?



Hay una distinción muy importante que quiero hacer, y es la distinción entre “religión” y “religiones”. Religiones no es simplemente el plural de religión. “Religión” hace referencia a la religiosidad humana básica. Es lo que comúnmente llamamos “espiritualidad”, pero hacemos bien en usar “religión” que, a pesar de no gozar de muy buena prensa, es una palabra hermosa. Religión proviene del latín religare, que significa “volver a atar los lazos rotos”. Por lo tanto, nuestra religiosidad es el proceso de volver a unir los lazos entre nosotros y nuestro verdadero ser, entre nosotros y los demás, y entre nosotros y la realidad última. Se trata de un concepto muy bello, pero lo que caracteriza a esta religiosidad, a esta espiritualidad, es el hecho de que pertenece a todos los seres humanos. Los humanos somos animales que nos confrontamos con la realidad última. Esta realidad última puede ser llamada de diversas maneras, pero todos nos confrontamos con ella.

La gran pregunta es: ¿Cómo derivan las religiones de la religión? ¿Cómo llegamos desde esta religiosidad común, desde esta espiritualidad común, a las distintas religiones? La respuesta, en una palabra, es: inevitablemente. ¡No hay nada que podamos hacer para evitarlo! Sin embargo, podemos ver en detalle un poco de este proceso.

maslow

Abraham Maslow

Cada uno de nosotros experimentamos nuestra religiosidad en lo que el gran psicólogo Abraham Maslow llamó “experiencias cumbre”. La esencia de estas experiencias es que tomamos conciencia de que somos uno con todo lo que existe. Maslow afirmó además que, en la medida en que se puede generalizar en psicología, podemos decir que toda persona tiene, en algún momento de su vida, estas experiencias cumbre. En algún momento todos experimentamos, aunque sea durante una fracción de segundo, esa unidad con todo. En esto consiste la experiencia mística. Como psicólogo, Maslow aseguró que no podemos distinguir entre las experiencias cumbre que todos tenemos y las experiencias místicas de los grandes místicos. Todos tenemos experiencias místicas. En otras palabras, el místico no es una clase especial de persona, sino que toda persona es una clase especial de místico. Y esto aplica a ti y a mí, a todos. El desafío consiste en vivir la vida mística a la que estamos llamados a vivir. Significa vivir en relación con la realidad última, expresando esa unidad con todo lo que existe en nuestro diario vivir.

¿Cómo nace cada religión a partir de esta religiosidad común? Podemos comenzar con nuestras propias experiencias cumbre. Las mujeres comúnmente experimentan esa unidad con todo en el momento de dar a luz. Muchas personas tienen esa misma experiencia de unidad durante el sexo. Pero también puede ocurrir que estamos sentados en la sala de espera del dentista, y de repente tenemos una experiencia cumbre, sentimos que somos uno con todo. Así, se trata de experiencias que no podemos hacer que sucedan a voluntad.

Ahora bien, en estas experiencias, no durante ellas (mientras dura la experiencia, simplemente estamos allí presentes), sino una fracción de segundo después, el intelecto pregunta “¿Qué fue eso?” Y uno trata de dar una respuesta. Este es el origen de la enseñanza, de la doctrina, algo común a todas las religiones: alguna explicación acerca de la realidad última. En el siguiente paso, la voluntad dice: “¡Fue algo hermoso! Querría vivir así por siempre”. Y este es el origen de la moral. La moral indica la forma de vivir correctamente respecto del hecho de que todos somos uno. Esta es la semilla de la cual brotan las diversas enseñanzas morales. Y en tercer lugar intervienen los sentimientos, que dicen “¡Maravilloso! ¡Celebrémoslo!” Uno está feliz, siente ganas de bailar… y este es el origen de los rituales. Por ejemplo, si tuvimos una de estas experiencias cumbre mientras descansábamos en un banco en una plaza, probablemente de camino al trabajo vamos a tratar de volver a pasar por esa plaza, a modo de una pequeña peregrinación. O también podemos recordar “eso sucedió el 12 de julio”, con lo que tenemos una especie de calendario litúrgico. Son rituales que se encuentran en semilla en nuestras propias experiencias.

¿Cómo podemos volver del moralismo, dogmatismo y ritualismo a la religión auténtica? Pertenecer a una tradición religiosa particular es un gran don, pero es al mismo tiempo un compromiso.

A lo largo de la historia se han sucedido los grandes místicos (grandes por la influencia que han tenido en nosotros), tales como Buda, Jesús, Mahoma, y muchos otros, que dieron inicio a las distintas religiones. Ellos moldearon sus respectivas religiones e interpretaron sus experiencias según la época particular en la que vivieron. Es muy distinto ser un carpintero en Israel durante la ocupación romana, que ser un príncipe en la India cinco mil años antes. Las condiciones son muy distintas, y por lo tanto las religiones son muy distintas unas de otras. Sin embargo, todas ellas tienen doctrinas, moral y rituales.

Ahora bien, a lo largo de la historia las religiones, encarnadas en una comunidad, sufren cambios. Lamentablemente, sabemos que la doctrina deviene en ideología, en dogmatismo; la moral, tarde o temprano, se convierte en moralismo, y los rituales en ritualismo. Y así terminamos practicando lo que practicamos porque siempre se hizo así, pero sin entender lo que hacemos; nos aferramos a principios morales por más que las circunstancias hayan cambiado completamente; repetimos doctrinas que han quedado desconectadas de la experiencia original.

¿Cómo podemos volver de este moralismo, dogmatismo y ritualismo a la religión auténtica? Pertenecer a una tradición religiosa particular es un gran don, pero es al mismo tiempo un compromiso. Tenemos que darles vida a esos “ismos”. ¿Cómo hacerlo? Con el calor del corazón. Podemos imaginar que lo que brotó en el principio era un agua vivificante (así suele llamársela a la experiencia religiosa) que, al contacto con la atmósfera fría, termina enfriándose. Y así con frecuencia encontramos en las religiones un agua congelada: nadie puede beberla, nadie puede vivir de ella. ¿Qué hacer para que vuelva a ser agua vivificante? Darle calor con nuestro propio corazón. El corazón de toda religión es la religión del corazón. Si pertenecemos a una religión en particular, somos responsables de hacer que vuelva a ser una religión viva.

Hermano David Steindl-Rast

Tomado de la conferencia brindada por el hermano David en Todi, Italia, en el marco del seminario interdisciplinar Cortona Week (junio de 2018).


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