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Unidad en la diversidad

Estamos acostumbrados al pensamiento excluyente: bueno o malo, blanco o negro… El teólogo judío Pinchas Lapide, en diálogo con Viktor Frankl, propone pasar del “o” al “también”. “Cada mitad necesita la otra mitad, no solo como contraste sino para la propia autocomprensión… La unificación de ambos polos es lo divino, esa divina fuerza que denominamos amor”.

Detalle de “El quinto día de la Creación”, del pintor persa Mahmoud Farshchian.

Creo que los dos grandes modelos de pensamiento del mundo occidental pueden reducirse al griego y al judío. El griego se sintetiza en el “una de dos”, que, por desgracia, ha invadido todo Occidente. […] Es como una pintura en blanco y negro, carente de cualquier asomo de fantasía para el gris. En otras palabras, una de dos: o tengo yo razón y por tanto tú y los demás se encuentran en el error, o viceversa. Pero, por supuesto, no seré yo quien esté en el error, dirá normalmente el egoísta.

El modelo judío de pensamiento, cuyo mejor documento lo tenemos en la Biblia hebrea, es un típico “no solo, sino también”. David es el mayor rey de Israel, pero también es adúltero; Coré es el más rebelde contra Dios y contra Moisés, y sus hijos son tenidos como autores de algunos de los más bellos salmos. No se da el blanco y negro en la Biblia hebrea, sino más bien una paleta de 3.000 variantes de gris. El negro como lo totalmente malo y el blanco como lo totalmente bueno es algo que no existe. Lo que existe es lo humano, que es solo relativo y se mueve en muchas y variadas tonalidades de gris, y nunca se reduce al “una de dos”, pues depende solo de Dios.

El negro como lo totalmente malo y el blanco como lo totalmente bueno es algo que no existe. Lo que existe es lo humano, que se mueve en muchas tonalidades de gris.
El gran cardenal del siglo XV, Nicolás de Cusa, lo resume en dos palabras: Dios es la coincidentia oppositorum, la coincidencia de todos los contrarios, lo que, en el siglo XVI, expresaba en forma quizás aún más bella Maharal, el gran rabino Löw de Praga. Él decía que en la vida no hay realmente contrarios, sino solo dos aspectos distintos de la verdad. Y lo ilustraba con una hermosísima parábola: la Biblia hebrea comienza con la palabra beresit, cuya primera letra es bet. ¿Por qué no comienza la Biblia, como sería lógico, por la letra álef, la primera del alfabeto hebreo, y lo hace con bet, que va en segundo lugar? Y después de leer por tres veces la primera página de la Biblia, he aquí el descubrimiento: el número dos es la clave de toda la creación. Dios creó el mundo en parejas. Se comienza con luz y tinieblas, cielo y tierra, sol y luna, tierra firme y mar, fauna y flora.

Pinchas Lapide

Pero, ¿por qué todo consta de esta duplicidad, que en el fondo es una unidad dual? Porque cada mitad necesita la otra mitad, no solo como contraste sino para la propia autocomprensión. No habría noche sin día, ni mar sin tierra firme que lo contuviera, ni mujer que no necesite al hombre para su ser-mujer. La unificación de ambos polos es lo divino, esa divina fuerza que, a falta de una palabra mejor, denominamos “amor”, en el sentido de mutua atracción, la vocación de unidad de la dualidad querida por Dios.

Tomado del diálogo de Pinchas Lapide con Viktor Frankl, en “Búsqueda de Dios y sentido de la vida – Diálogo entre un teólogo y un psicólogo”, Herder, Barcelona, 2005, pp. 60-62.


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  • responder griselda aleu ,

    De todos modos el “Banquete” de Platón podria dar mucha tela para cortar…

    • responder admin ,

      ¡Ciertamente! De hecho, en el mismo diálogo, Lapide y Frankl hablan del dualismo platónico; no lo incluímos aquí por no hacer demasiado extenso el artículo. ¡Gracias por tu aporte!

    • responder Silvia Allegretto ,

      Excelente!! Gracias por este bello aporte.

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