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El árbol amarillo

El cambio de las estaciones se hace evidente en el otoño, cuando el paisaje se viste de amarillo. Elizabeth Aquino, mamá de una adolescente con discapacidad, ve representada en el repetirse de las estaciones la aparente monotonía de la vida de su hija. Un hermoso y profundo relato que nos habla de amor incondicional, de aceptación, de gratitud.


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Qué maravilloso es el amarillo. Representa el sol. –Vincent Van Gogh

Un manto de diminutas flores amarillas se extiende sobre el césped frente a nuestra casa. Mientras que nunca puedo recordar el nombre del árbol que desprende estos trocitos secos de pétalos, no recuerdo otro otoño en que hayan sido tan profusos. Todos los arrastramos dentro de la casa, y se pegan en la alfombra de mi hija Sophie. Me los saco del cabello y los sacudo de la alfombra del baño. A la mañana, cuando salgo en mi auto, salen volando del parabrisas y caen más allá de las ventanillas traseras, como nieve. Las flores amarillas que cubren nuestro césped son el precursor de otra inminente transformación: las hojas que se vuelven amarillas y luego marrones a medida que caen al suelo, y dejan al árbol despojado y durmiente durante meses.

Pensé en el árbol y las flores amarillas y en ese manto sobre el césped verde, dulce y reconfortante en su monotonía. Y sentí que todo estaba bien.
Hay algo en el otoño que me pone feliz y melancólica al mismo tiempo. Aún en Los Ángeles, donde las estaciones están apenas marcadas y donde hay que prestar atención para realmente notarlas, yo siento los cambios sutiles en el aire, la sensación de expectativa cuando los niños comienzan la escuela y los días que se vuelven más cortos. Pero también percibo una monotonía en ello, año tras año. No estoy segura por qué el otoño, con su melancolía y su emoción, sobresale tan nítidamente para mí en el devenir de las estaciones, que llegan y se van, y vuelven a llegar. Este año noto cómo crecen mis hijos Henry y Oliver al volver de nuevo a clases. El cambio es evidente en los zapatos, que ya les quedan chicos, y el casi imperceptible crecimiento diario se vuelve evidente una mañana cuando los miro y pienso que seguramente deben haber crecido dos o tres centímetros durante la noche. Es evidente en su rostro y en la expresión de sus ojos. Realmente el común de los niños está constantemente en proceso de cambio, de bebé a niño, a joven y a adulto. Y eso está bien.

La autora junto a su hija Sophie

Para mi hija Sophie, sin embargo, que es severamente discapacitada (1) y sufre de convulsiones y retraso en el crecimiento, casi todo (y a veces todo) es lo mismo. Ella depende enteramente de nosotros y ha avanzado muy poco en su desarrollo, el tipo de desarrollo que nuestra cultura llama “normal”. Se comunica solamente a través de los ojos o mediante gestos, los que se podrían percibir como melancólicos y aún tristes, pero no es así. Hay una especie de quietud en ella que resulta difícil de describir, algo inefable. Hoy, estando sentada con Sophie en este atardecer de septiembre de 2015, me doy cuenta de que a pesar de los tiempos difíciles que hemos vivido en los últimos veinte años, tenemos la paz de saber que Sophie es, en algún sentido esencial, la misma. Como el árbol, que pierde el verde y las flores, su verde se vuelve amarillo, después se marchita y se pone marrón, así ella queda inmóvil, despojada y durmiente. Y luego, casi sin darnos cuenta, los brotes aterciopelados aparecen y todo comienza de nuevo. Mientras que esto puede ser agotador, esta monotonía puede ser también realmente hermosa.

Cuando Sophie llegó a casa hoy, nos sentamos en el césped por algunos minutos y descansamos brevemente bajo el árbol. Las flores amarillas caían y flotaban a nuestro alrededor. Nos levantamos y fuimos a caminar por la cuadra y luego volvimos a casa. Sophie estaba muy cansada. Puse música en su habitación y ella se recostó en su cama. Iba a dejarla e ir a hacer un trabajo pendiente, pero en lugar de hacerlo me recosté a su lado y tomé su mano. Puse la palma de mi mano contra la suya, seca y tibia, como siempre lo ha estado, y las dos miramos a través de la ventana las palmeras meciéndose en el patio trasero. Calmé mi respiración, esperando que Sophie hiciera lo mismo. Me pregunté si acaso la meditación podría llenar la habitación, si mi cuidadosa respiración podría afectar la suya. Me pregunté si ella sentiría mi presencia y si nuestra conciencia estaría ligada de algún modo, sin palabras. Pensé en el árbol y las flores amarillas y en ese manto sobre el césped verde, dulce y reconfortante en su monotonía. Y sentí que todo estaba bien.

Elizabeth Aquino

Artículo reproducido con permiso de gratefulness.org

Nota:
(1) Siguiendo las recomendaciones de instituciones por los derechos de las personas, en nuestra introducción hemos utilizado la expresión “con discapacidad”. Sin embargo, aquí utilizamos la expresión “severamente discapacitada” respetando el texto original en inglés (severely disabled).


Elizabeth Aquino es escritora y chef. Vive en Los Angeles, California, con sus tres hijos. Sus escritos han sido publicados en varias antologías literarias. Es autora de “Esperando un cambio profundo”, en que relata lo vivido junto a su hija Sophie. Su blog personal ofrece un espacio para hablar de poesía, maternidad y discapacidad. Puedes visitar su blog (en inglés) aquí.


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  • responder Leonor del Valle Gonzalez ,

    Que bonito lo que he leido, de Sophie,y su mamá,bello relato.
    El árbol l Amarillo,voy a tratar de buscarlo,gracias muy hermoso,me trajo recuerdos de momentos ya lejanos,de alguien como ellas dos,mi hijo Sebastián y yo.
    Fue grato vivenciar estos hermosos relatos.

    • responder María del C. García Novelli ,

      Elizabeth Aquino, te admiro por como ves positividad en la vida , a través del dolor, y tu maravilloso y profundo escrito. Pienso como vos en la monotonía y rutina , todo está bien.

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