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Levantar la mirada, ordenar la vida

David Steindl-Rast

Br. David señala que “contemplación” significa poner los ojos en un orden superior para luego llevar ese orden a nuestra vida cotidiana. “Al aceptar el desafío de la contemplación, comenzamos a descubrir la plenitud de vida que nuestro corazón anhela”.


Stonehenge, el misterioso monumento de Inglaterra de más de tres mil quinientos años de antigüedad, es un conjunto de enormes pilares de piedra dispuestos en forma circular. Algunos de ellos llegan a los diez metros de alto y pesan unas cincuenta toneladas. Nadie sabe cómo pudieron ser transportados desde una cantera situada a cincuenta kilómetros, o cómo pudieron colocar enormes losas de piedra sobre los pilares a modo de dinteles. Ni siquiera se sabe a ciencia cierta quiénes llevaron a cabo semejante obra. Desconocemos tanto la idea que unió a sus autores, como los ideales que inspiraron su esfuerzo común. Todo está oculto en la oscuridad de la prehistoria. Uno mira la intrincada disposición de pilares, zanjas, terraplenes y pozos, y le parece estar mirando un jeroglífico. Nos es imposible descifrar su significado. Sin embargo, encontramos una pista: el plano de Stonehenge está claramente alineado con el punto en que sale el sol durante el solsticio de verano, así como con otros puntos del horizonte en los cuales salen el sol y la luna en ciertos días de sus ciclos. Así, toda la estructura resulta ser un gigante reloj de sol, y de luna también. Stonehenge traslada los ciclos del sol y de la luna a la arquitectura, el movimiento al diseño, el tiempo al espacio. Esta pequeña porción de la tierra está diseñada en el cielo. Ésta es la clave para entender el significado de Stonehenge; es la clave también para entender el significado de la contemplación.

Usualmente resulta útil prestar atención a la etimología de una palabra si queremos entender en profundidad lo que ella significa. La pequeña sílaba “temp” en nuestra “contemplación” tiene un remoto origen. Dicen los lingüistas que en el principio significaba algo así como hacer una marca. Con sólo hacer una marca en algo, uno ya tiene una simple herramienta como para contar y medir. Uno puede llevar la cuenta de los peces que casi pesca haciendo marcas en el casco del bote. Dos marcas separadas por una corta distancia hacen de cualquier palo una regla, y así podemos medir los pescados que no se nos escaparon. Y aunque actualmente no conserve su primitivo sentido de “marca”, la sílaba “temp” aún tiene que ver con “medida”. Incluso en el lenguaje moderno, temperatura es la medida del frío y del calor; temperamento es la medida de la reacción sicológica; tempo es la medida del ritmo musical. Templar significa ajustar componentes en su medida correcta; y si uno tiene la virtud de la templanza, uno es capaz de comer y beber sin excederse: uno conoce su medida.

La palabra “templo” proviene de la misma raíz. Es la palabra más directamente relacionada con contemplación, y nos remite a estructuras con características de templo, como Stonehenge. Sin embargo, originalmente la palabra latina templum no hacía referencia a una estructura arquitectónica, sino que estaba emparentada con el sentido de “medida”. Templum significaba un área medida, no en la tierra, sino en el cielo. Sólo posteriormente pasó a significar un recinto sagrado en la tierra en correspondencia con un recinto celeste, para finalmente pasar a significar el edificio levantado en dicho recinto, siguiendo medidas sagradas.

Aquello que los antiguos sacerdotes romanos y adivinos contemplaban era el templum, en el sentido de una determinada porción del firmamento. En él fijaban su mirada con una sostenida atención, y de allí deducían el curso de acción más auspicioso. En la Roma clásica, no se tomaba ninguna decisión importante sin que coincidiera con lo que los adivinos habían visto. Esta práctica nos habla de una mentalidad anterior al razonamiento lógico, un síndrome arquetípico enraizado profundamente en la psique humana. Aún hoy tenemos acceso a estas profundidades, y explorándolas podremos iluminar el sentido de la contemplación.

Contemplar significa levantar nuestra mirada a un orden superior que nos desafía a estar a su altura.

Contemplar significa levantar nuestra mirada a un orden superior que nos desafía a estar a su altura. Esto es lo que intentaban los antiguos adivinos. Ésta era la intención de Stonehenge: regular la vida humana mediante un orden superior, de modo de perfeccionar nuestro obrar guiados por la visión de ese orden. Treinta y ocho siglos atrás, seres humanos como nosotros, de pie bajo la profunda bóveda del cielo nocturno de Stonehenge, comprendieron algo del misterio de la vida, misterio para el cual el mero intelecto no alcanza. Sólo el corazón es lo suficientemente alto y profundo como para captar esta visión. Sólo la vida vivida en plenitud está a la altura de la contemplación.

Únicamente equilibrando la tensión entre el ideal y su realización, entre visión y acción, podremos construir el templo. Y únicamente construyendo el templo probamos que nuestra contemplación es auténtica. El pequeño prefijo “con-” debería recordarnos que el sólo mirar la visión no es contemplación en absoluto; podría llamársele a esto a lo sumo “templación”. Contemplación une visión y acción; pone a la visión en acción. La acción sin visión es como correr en círculos, es puro activismo; la visión sin acción es una visión estéril. A lo largo de la historia, los verdaderos contemplativos vieron qué era necesario hacer, y simplemente lo hicieron. Es por esto que algunos de ellos tuvieron que trabajar tan arduamente como Catalina de Siena, Bernardo de Claraval o Teresa de Ávila. El templo a cuya construcción entregaron su esfuerzo aún hoy sigue elevándose.

¿Por qué nos resulta tan difícil unir visión y acción en la contemplación? Puede ser por esto: sólo la mitad de cada uno de estos dos componentes de la contemplación nos resulta ya demasiado para nuestras fuerzas. Unir visión y acción nos parece pedir demasiado. Qué cansador nos resulta simplemente cumplir con nuestras tareas día tras día, fieles al detalle, atentos a no cometer errores, pacientes cuando inevitablemente los cometemos; y qué agotador hacer todo esto manteniendo nuestra mirada interior en la luz. Sin embargo, si tomamos cada una de estas dos acciones por separado, podemos tener control de la situación. Si prestamos atención, ahora a la visión, ahora a la acción, somos nosotros los que determinamos el precio. Pagamos lo que nos parece justo, no más. Mas si tomamos visión y acción juntas, la situación se torna demandante. La situación es la demandante; ya no somos nosotros los que ponemos el precio. Cuando hablamos de una tarea demandante, queremos significar más que simplemente una tarea agotadora. La acción puede solamente provocarme cansancio; la visión, si me atrevo a enfrentarla, me puede exigir que siga adelante a pesar de estar cansado. La partícula “con”, que une visión y acción, es lo que hace a la contemplación tan demandante, y por lo tanto tan difícil.

Hay algo en nosotros que nos hace preferir el tedio de la rutina antes que aceptar el desafío que significa la responsabilidad de salir de nosotros mismos.

A pesar de esto, si dejáramos que esta tensión entre acción y visión se rompiese, cualquier objetivo que persigamos perdería su sentido. Lo que llamo acción y visión podría también llamarse objetivo y sentido. Nos puede pasar que, después de haber ido detrás de un objetivo por mucho tiempo, de repente reaccionemos preguntándonos: ¿qué sentido tiene todo esto? Ir detrás de un objetivo sin un sentido es una rutina tediosa. Sin embargo, el sentido que uno encuentra en lo que hace, inevitablemente nos resultará un desafío, nos hará responsables. Ya no estamos corriendo en círculos, sino que este nuevo sentido de dirección nos planteará nuevos desafíos. El descubrir con un poco más de claridad el sentido de la vida la hace más apasionante y digna de ser vivida, pero no por eso más fácil. Es quizás por esto que hay algo en nosotros que nos hace preferir el tedio de la rutina antes que aceptar el desafío que significa la responsabilidad de salir de nosotros mismos.

Durante mucho tiempo se ha considerado a la contemplación como propiedad privada de los contemplativos. Contemplativos, en sentido reducido, se decía de quienes se preocupaban únicamente de la visión en busca de un sentido, pero se desentendían de la acción con un propósito. Usualmente se los tomaba como un modelo de la intensidad con la que debemos ajustarnos al sentido de la vida y del valor que debemos tener para exponernos a las exigencias de nuestra visión. Sin embargo, los más grandes contemplativos han sido al mismo tiempo modelo de la dedicación que se necesita para traducir la visión en acción. Quizás esperar excelencia tanto en la visión como en la acción es demasiado pedir; sin embargo, todos debemos tratar de cultivar ambos aspectos, pues de otro modo se da un desequilibrio. Únicamente cultivando una actitud contemplativa seremos seres humanos armoniosos. ¿Cómo entonces dejar la contemplación sólo a los contemplativos? No dejemos que la rimbombante palabra “contemplación” nos asuste. Si ella significa una vida de creativa tensión entre objetivo y sentido, ¿quién puede eludir este desafío? Al aceptar el desafío de la contemplación, comenzamos a descubrir la plenitud de vida que nuestro corazón anhela.

Tomado del libro La Gratitud, Corazón de la Plegaria, del hermano David Steindl-Rast.


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