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Una crisis revela el don de la vida

La enfermedad es una oportunidad para valorar aquellas cosas que damos por sentado. «Hay una sola manera de vivir una vida plena, y es vivir el momento presente».


En enero de 2007, una tormenta perfecta de tres eventos no relacionados entre sí, golpeó nuestras vidas. Un mes atrás, mi esposa Talyn y yo habíamos firmado un contrato con un comprador para vender nuestra casa en Londres a entregar en febrero de 2007. Ese mismo mes recibimos una llamada telefónica del hermano de Talyn para decirnos que su padre, que estaba viviendo en Suiza, había sufrido un derrame cerebral y estaba en el hospital. Salimos al día siguiente y estábamos allí cuando su padre murió unos días más tarde.

El tiempo es algo muy valioso y no debe ser malgastado. La única forma de valorarlo es hacer que cada día cuente.
Cuando regresamos a Londres después del funeral, fui a hacerme una colonoscopía que, según nos dijo el médico, salió bien, pero que había revelado un tumor óseo del tamaño de una berenjena apoyado en la pelvis. Una hora más tarde el médico me presentó a un oncólogo en el mismo centro médico.

El oncólogo confirmó el hallazgo y dijo que los tumores óseos eran invariablemente tumores secundarios, lo cual significaba que el cáncer se habría extendido por todo el cuerpo.Y luego dejó caer la bomba: “En el 98% de los tumores óseos, las perspectivas son sombrías, quizás seis meses más de vida”. Sin embargo, dijo que necesitaría hacer varias pruebas durante las semanas siguientes para confirmar el diagnóstico. Talyn y yo volvimos a casa devastados.

Durante las semanas siguientes, mientras me sometía a distintos estudios médicos y esperaba los resultados, Talyn y yo pasamos esas tres semanas terminando con el frenético embalaje en la casa que habíamos vendido, y asegurándonos que todas las cosas estuvieran correctamente identificadas para trasladarnos a nuestro nuevo departamento. Cuando nos ponemos a pensar en ese tiempo, todavía nos preguntamos cómo nos pudimos arreglar para hacer el trabajo; parecía como si estuviéramos en un brumoso trance. Nos mudamos al departamento a principios de febrero, y para fin de mes ya estábamos casi instalados.

A principios de marzo, cuando todos los estudios médicos estuvieron concluidos, el oncólogo nos informó que tenía buenas noticias y malas noticias. La buena noticia era que el tumor por suerte era benigno, es decir que no había presencia de cáncer maligno. Yo pertenecía al afortunado club del 2%. La mala noticia era que como el tumor era tan grande, había que extirparlo mediante una cirugía, y que la convalecencia llevaría unos seis meses. Yo lo sentí como si mi sentencia de muerte hubiera sido conmutada por seis meses de prisión. Salté de alegría y agité al aire mi puño derecho.

A principios de abril, la primera operación duró tres horas, y el cirujano debió bloquear las arterias que conducían al tumor. La segunda operación, una semana más tarde, duró cinco horas, en la que el cirujano extrajo el tumor en tres partes separadas. Después de la operación estuve en terapia intensiva durante los dos primeros días, y las noches parecían como si estuviera en el infierno de Dante, donde estaba medio dormido, escuchando a otros quejarse y gemir de dolor durante toda la noche. Fue como una bendición poder mudarme a una sala privada los cinco días siguientes. Imposibilitado de lavarme, me sentí muy agradecido hacia la maravillosa enfermera de Zimbabwe que me ayudó a higienizarme todos los días. Fue muy bueno regresar a casa con mi familia, y al calor y la comodidad de mi propia cama.

El tumor óseo que apareció en mi cuerpo no fue una maldición; fue como un regalo. Me ayudó a eliminar de mi vida las cosas superficiales a las que me aferraba, permitiéndome ver las cosas valiosas que nunca antes había notado. En nuestra preocupación por lo que no está a nuestro alcance, no vemos lo que tenemos cerca. Antes de este episodio yo me repetía que sería feliz si tuviera esto o lo otro. Por supuesto, tan pronto como lo conseguía me sentía impaciente y desdichado porque se presentaban nuevos anhelos. El tumor me ayudó a reconocer que hay una sola manera de vivir una vida plena, y es vivir el momento presente.

Solía pensar que era importante lo que mis amigos pensaban de mí y lo que hacía. Hoy no lo siento así. Hago lo que pienso y lo que creo que es correcto para mí. Esto no se trata de sentimientos sino de propósitos. Lógicamente que mis amigos me interesan, pero lo que ellos piensan no puede alterar, determinar o influir en lo que pienso, creo y siento. De este modo permanezco fiel a mí mismo y no soy falso con nadie.

Por último, comencé a practicar la gratitud todos los días. El amanecer por las mañanas. El placer de sentir el agua de la ducha cayendo sobre mi cuerpo. El olor del café a la mañana. Una caminata tranquila por el parque cercano, inhalando el aire puro de los árboles. Entregarme a mi trabajo diario con una sonrisa. Saborear una copa de vino tinto lentamente. El contacto y el aroma de las sábanas limpias en mi cama. El calor de la estufa en una noche fría. Aprendí a descubrir todas esas cosas que antes había dado por sentado.

La tormenta perfecta del 2007 fue para mí un duro llamado de atención y estoy muy agradecido por ello. El tiempo es algo muy valioso y no debe ser malgastado. La única forma de valorarlo es hacer que cada día cuente. Cada mañana debe ser desplegada, apreciada, absorbida y enriquecida. Cada noche devolvemos el obsequio recibido agradeciendo a nuestro Creador. Muy especialmente en una crisis debemos ser agradecidos porque ella es un regalo, una oportunidad, si solo sabemos abrir los ojos de nuestra mente y de nuestro corazón.

George Jerjian


George Jerjian es economista, escritor y conferencista inglés. Autor de más de 10 libros, dice: «Mi propósito es ayudar a emprendedores que se jubilan a encontrar su pasión y su propósito para el nuevo capítulo que se abre en sus vidas». Actualmente está preparando la publicación de su nuevo libro, Spirit of Gratitude (Espíritu de gratitud).

Artículo reproducido con permiso de Gratefulness.org


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